HISTORIAS DE ELLA

La autoestopista. 1ª Parte.     

   La expresión de mi cara debe ser un poema de desesperación al ver cómo sale el autobús y que, por más que corra, será imposible que lo alcance. La imperiosa necesidad de abandonar la ciudad sin demora hace que el  pánico se apodere de mí y comienzo a hiperventilar al ver que la parada de autobús se ha quedado desierta y comienza a oscurecer.

   Decido hacer autostop y me dirijo hacia la entrada de la autovía mientras el frío helador de febrero va penetrando en mi cuerpo.   Acelero el paso al ver como se acerca una sombra con forma de hombre agitando los brazos -¡Señorita! ¡espere un momento! se ha quedado ésta bolsa en la parada-. Con consternación compruebo que así es, que el macuto que lleva es el mío donde están, junto con la mochila y una pequeña bolsa, todas mis pertenencias. Se lo agradezco   -No debería estar a la intemperie a éstas horas – dice mientras me mira con cara de preocupación antes de marcharse. Sé que no tengo buen aspecto, que estoy muy pálida y delgada, últimamente no retengo nada en el estómago, ahora sé que es porque estoy embarazada y que por eso tengo que marcharme, huir lo más rápido posible, antes de que se dé cuenta de mi desaparición.

   Afortunadamente no tarda mucho en pararse un coche con un amable matrimonio mayor que se ofrecen a llevarme. Me cuentan que vuelven a su pueblo después de pasar unos días con sus hijos y nietos. Pero, como todo últimamente en mi vida, se tuerce mi suerte por culpa de una intensa nevada que obliga a parar a todos los coches en la autoestopista, y allí permanecemos hasta que unos agentes de la  guardia civil nos derivan hacia un hotel cercano para pasar la noche. Así lo hicimos, sacamos todas nuestras pertenencias del coche y nos encaminamos hacia el hotel, en cuya explanada se iba agolpando la gente que también había sido redirigida hacia allí. Avanzamos lentamente por miedo a resbalar y con dificultad por el peso del equipaje que cada uno portábamos. Tan concentrada estaba en evitar caer que no le vi hasta casi estar a dos pasos de distancia, ahí estaba, mirándome fijamente y con cara de ira contenida.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *